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miércoles, 25 de marzo de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: La protección de metis



-Capítulo 4-

Las protección de metis


Cuando abrió los ojos su acompañante no estaba. Pensó que habría ido al «baño» o se encontraría cerca recolectando algo para el desayuno. Había mucho silencio y sus sentidos se activaron cuando vio el círculo de metis abierto en el lado opuesto. Lo más seguro es que el propio hombre lo hubiera roto al salir del mismo, pero todo resultaba muy extraño, no se trataba de la clase de persona que descuidaría algo así, estando ella durmiendo indefensa. De repente recordó que había notado un sonido cuando la somnolencia se estaba apoderando de ella y corrió a cerrar el círculo con urgencia. Enseguida pensó que quizás era mejor no exponerse, ya que el metis en principio era para evitar los mosquitos mayormente, a pesar de su consideración divina. Recogió la manta dentro de su pañuelo, se lo colocó sobre la espalda y se quedó mirando las escasas pertenencias del doctor, compuestas por sus sandalias y el pañuelo con el que se había arropado durante la noche. Decidió dejarlas dentro del círculo, a la espera de su vuelta y cuando levantó la vista estaba ahí, mirándole directamente a los ojos.
A solo dos metros de distancia, un muchacho la observaba. Su tez era morena, lisa y tenía una expresión de incredulidad en su rostro, que llevaba maquillado en tonos rojizos y una extraña estrella negra punteada en la mejilla izquierda. Su pelo estaba recogido en lo alto de la cabeza, en una especie de moño desaliñado y adornado con multitud de plumas en tonos rojizos y marrones. Iba descalzo y una tela amarillenta cubría su cuerpo, cruzándose en el pecho, de donde colgaban cuerdas con adornos de muchos colores. Cuando la mirada de la chica fue a parar a la estaca de madera afilada que portaba en su mano izquierda, Cirene hizo el amago de salir corriendo pero por instinto permaneció dentro del círculo, observándole. Parecían dos estatuas, estáticas en mitad de la pequeña llanura. Al cabo de unos segundos larguísimos él pareció caer en la cuenta de algo y, de repente, inclinó su cabeza e hincó una rodilla en el suelo dejando el arma a un lado. Acto seguido juntó las manos cerca de su frente y casi las apoyó en la tierra en una profunda genuflexión. Justo en ese momento aparecieron dos personas más similares y llevaron a cabo el mismo procedimiento uno a cada lado del primer muchacho. Ella no pudo más que hacer una reverencia mal entrenada y, señalando los escasos enseres de su maestro desaparecido, intentó averiguar si ellos sabían algo de su paradero. Al principio parecían no entender pero después hablaron entre ellos y debieron llegar a una conclusión acertada porque la invitaron a que les siguiera. Ante esta proposición, la muchacha dudó un poco, pero la actitud acogedora le hizo decidirse, así que agarró el pañuelo de su amigo y se alejó del metis.
No entendía qué estaba pasando, quizás el círculo de la planta santa les había hecho creer algo y ahora la adoraban como si pudiera resolver todos sus males, sin embargo, sentía que no tenía nada que aportar y que sólo ellos eran portadores de todo el saber tradicional y de esos secretos que permanecían olvidados y en peligro de extinción y que ahora se presentaban infinitos en su imaginación de herencia corónide.

Anduvieron durante más de media hora custodiando sus pasos, adentrándose en una zona de selva salvaje. La sensación de asfixia del estrecho sendero y sus ocupantes iba en aumento paralelamente a las gotas de sudor que resbalaban silenciosas por su espina dorsal. Se sentía presa de su plena atención al sonido sordo y contenido de la vida que le espiaba a cada paso, cuando el primero de la fila se detuvo en seco y Cirene tuvo que hacer un esfuerzo por no tropezar con quien le guiaba. No podía ver nada, salvo el mismo paisaje en todas direcciones. Unos segundos después durante los cuáles pareció paralizarse el tiempo, el muchacho de la estrella negra se dio la vuelta para mirarla y, tras hacer un gesto de asentimiento, dejó paso. Entonces, exhaló un suspiro de alivio ante el sofoco que le oprimía, para dar la bienvenida a un espacio de tierra soleado que albergaba un conjunto de unas veinte casas rústicas elaboradas con materiales arbóreos y cañas de tinda seca. Allí estaba, era como colarse en un documental de National Geographic y, retrasando el calendario hasta dónde las nuevas tecnologías eran inútiles, era posible sentir la tierra hundirse bajo sus pisadas. Se escuchaban voces lejanas y había varios niños jugando en una enorme charca. Comenzaron a avanzar con su invitada a la cola y los niños, curiosos, se asomaban esperándoles hasta que llegaron a su altura y se unieron al grupo entre exagerados aspavientos y gesticulaciones.
Se dirigieron a la mayor de las casas, de forma rectangular y con una especie de cortina roja oscura en la entrada. Primero entró el muchacho del moño y, tras unos minutos, abrió la tela para dar paso a la nueva visitante. Sus dos secuaces permanecieron fuera, uno a cada lado de la entrada, guardándola y cuidando que nadie más pasara. Así, se adentraron en la tienda dejando a la muchedumbre expectante. Cirene tardó unos segundos en que su vista se acostumbrara a la penumbra. A medida que recobraba la vista, barruntó otras tres personas sentadas en el suelo de caña con las piernas cruzadas: un hombre anciano con el pelo blanco y suelto, otro hombre de mediana edad que apretaba sus labios y una hermosa joven de cabello oscuro y ojos rasgados que dirigía su mirada hacia el suelo a intervalos. Tomaron asiento frente a ellos y todos hicieron un respetuoso saludo corto con la cabeza. Comenzó a hablar el chico maquillado que le había descubierto y servido de guía hasta el poblado. Se llevó la mano sobre el pecho mirando solemnemente a Cirene e, inclinándose pronunciadamente hacia adelante, dijo:

Niké. –A continuación alargó su brazo hacia la muchacha con la mano boca arriba como si estuviera presentándola al resto y añadió‒: Sassa. Tras pronunciar dicho nombre todos los presentes se inclinaron hasta tocar el suelo diciendo‒: «Gwera».
 Osso se presentó el señor mayor e hizo los honores con el otro hombre y la chica joven siguiendo la misma pauta y articulando sus nombres–: Tonda. Ítana.

Cirene no entendía nada pero deseaba encontrar a Argo así que ante tal recibimiento, ella sólo acertó a elevar el pañuelo del hombre, que todavía portaba en su mano derecha y enseguida Niké juntó sus manos antes de levantarse y le indicó que le siguiera de nuevo. Ella hizo lo propio y salió del habitáculo tras él.
En la entrada los niños jugaban con una vara de madera tallada con una ligera curvatura hacia su mitad donde portaba una especie de cuerda corta. Agitaban en círculos la misma valiéndose de la cuerda y la lanzaban de manera que se producía un efecto boomerang algo impreciso a partir del cual todos peleaban por recuperar el objeto. De repente, quedaron mudos y paralizados cuando el extraño utensilio golpeó la cabeza de Niké por accidente. Cirene tuvo que cubrirse la boca para contener la carcajada que sintió trepar por su garganta. Los chicos se mantuvieron estupefactos y uno de los guardianes de la puerta se acercó al niño más cercano para propinarle una bofetada. Niké lo detuvo a tiempo y recogió el instrumento para entregárselo al niño. Después continuó la marcha como si nada hubiera acontecido. La situación resultaba bastante cómica pero el respeto que profesaban hacia el guía de la estrella negra punteada y, probablemente, debido a su propia presencia, dio lugar al sobrecogimiento. La recién llegada y bautizada Sassa, estaba fascinada con la manera de proceder de los integrantes de esta tribu. Su actitud ceremoniosa de aparente humanidad le transmitía algo de seguridad, tal y como demostraba el gesto de Niké. Sin embargo, era conocedora de infinidad de prácticas oscuras que otras tribus realizaban con normalidad, lo cual no resultaba alentador en su actual posición de vulnerabilidad.
Caminaron hacia la parte trasera del poblado dónde, camuflada en el extremo de la llanura, se fundía la madera rojiza de una construcción alargada con un grupo de árboles frigios. En la entrada de la casa había un par de escalones y su estructura se encontraba elevada unos centímetros, probablemente para evitar que la humedad del bosque penetrara. También llamaban la atención dos cuencos con algo que despedía un humo de color grisáceo. Una persona ataviada con el ya común manto amarillo esperaba en la puerta y le invitó a secundar a su guía hacia un pasillo con acceso a diferentes estancias. La luz era débil en el interior, pero Cirene fue capaz de escudriñar una serie de personas arrodilladas en torno a una mesa baja en uno de los primeros espacios delimitados que se divisaban en su trayectoria. Niké se encaminó hacia el fondo y torció a la izquierda. En este caso entrevió una pequeña mesilla y un hombre inclinado a través de la desgastada tela que pendía en la entrada. Los trazos de una pluma rasgaban una fina tablilla de madera pulida, dónde el individuo ejecutaba su praxis con destreza, aunque sosegadamente. Vestía las mismas ropas que el joven maqueo que le acompañaba, aunque, en este caso, se extendían por debajo de la rodilla. Una gota de líquido verde oscuro procedente de la pluma se estrelló con la ilustración. Cirene sospechaba que su presencia había sido la responsable. Entonces el hombre levantó la vista y sonrió. Su discípula se arrodilló junto a él increpando cuál era su estado:


Ya estamos dentro – se limitó a decir Argo con un brillo especial en sus ojos.


martes, 24 de marzo de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: Las criaturas de Leda



-Capítulo 3-

Las criaturas de Leda


Subieron al tren y, una vez acomodaron el equipaje, la antropóloga se decidió a preguntar:
¿Puedo saber a dónde nos dirigimos?
Está bien. Ya es hora de darte un poco de información. Me costó bastante escoger el lugar y, en concreto, la tribu con la que intentaremos socializar. Finalmente seleccioné la tribu nómada de Andrómaca o de los maqueos expuso el hombre.
Cirene había escuchado algo, aunque muy poco sobre esta sociedad tribal. Sabía que se encontraba al sureste, en las tierras de Leda, dónde según la época del año, debían enfrentarse a fuertes lluvias o a escasez de agua.
Conozco poco sobre ellos, pero estoy convencida que será muy interesante aprender sus técnicas de supervivencia, dadas las condiciones climáticas extremas de la zona contestó asertiva.
Efectivamente, esa era la idea, que no supiera mucho sobre dicha etnia. En cuanto a las enseñanzas, sólo puedo decirle que quizás no las reciba directamente de ellos en un primer momento, ya que no estamos invitados en principio. Pero bueno, eso es algo de lo que nos preocuparemos más adelante ‒y añadió‒: ¿Te gusta jugar a las cartas?
Argo resultó ser todo un rival jugando a la brisca. La muchacha advertía en su contrincante cómo su respiración se interrumpía en los momentos de gran concentración e, incluso, podía escuchar el siseo producido al mesarse los cabellos de la barba, ásperos de sabiduría. Aun le esperaban cerca de 24 horas de viaje, ya que prácticamente debían bordear todo el Mar Casiopeo para después poder continuar en dirección Sur. Cirene se preguntaba por qué Argo había decidido realizar un largo viaje en tren frente a la posibilidad de coger un avión o, incluso, un barco que enlazara con el tren en la otra orilla Casiopea. Imaginó que todo formaba parte del plan y de la ardua preparación práctica que esperaba con curiosidad. Al ponerse el sol, las historias que contaban el repiqueteo de los vagones y el susurro de las vías arroparon a la muchacha que cayó en un profundo sueño.
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Aún no había amanecido, una leve luz rosada bañaba el horizonte y algunas aves comenzaban con su labores matutinas. La señal de identidad de Leda era un pequeño animal autóctono llamado dido; una mezcla entre ardilla por la cola, nutria por las patas adaptadas al medio acuático y loro por el prominente pico y el trío de plumas lilas que coronaban su cabeza desnuda. Le encantaba el agua y solía habitar en el también peculiar árbol frigio. Este tipo de vegetación presentaba la ventaja de estar adaptada a cada uno de los intensos cambios que se sucedían cada época del año. Ahora sus hojas tenían un color rojo intenso que camuflaban los también rojizos brotes tiernos de los que se alimentaban muchas de las aves. Además, sus troncos eran totalmente de un color verde claro intenso, al igual que las grandes orugas que portaban, en cuyo cuerpo exhibían unas protuberancias negras redondeadas colocadas en línea.
A intervalos cortos Argo detenía la marcha y observaba atentamente alrededor. Palpaba alguna planta o el mismo suelo, e incluso escarbaba un poco en la tierra. La muchacha se preguntaba qué hacía pero no quería interrumpir el ritual y lo acompañaba silenciosamente. Al cabo de más de dos horas caminando en esta tesitura al fin tomó la palabra:
Estamos cerca de una fuente de agua. El suelo está cada vez más húmedo y la frecuente presencia de delfos, lo atestigua –explicó.
¿Delfos o didos? preguntó ella.
Delfos. Los didos también acuden a las fuentes de agua pero si hubiera muchos por aquí no encontraríamos delfos, ya que son un apetitoso manjar para ellos. Mira, los delfos son esos pequeños insectos que forman un circuito desde las ramas de tinda. Suelen dirigirse a lugares húmedos en esta época del año porque las hembras ponen los huevos en el agua. ‒La tinda era una planta similar al bambú pero de color naranja con hojas verdes desperdigadas en grupitos de tres y los delfos tenían una gran cabezota marrón con antenas, seguida de un cuerpo alargado con tintes verdosos y plagado de diminutas patas que terminaba en una especie de agujón. Al parecer construían sus habitáculos en el interior hueco de las varas anaranjadas‒. Tenemos suerte de que aun estemos en pleno verano, la primavera incluyendo el mes de junio, es la época del año menos castigada en esta zona. Pero debemos andar con mucho cuidado, pues de la ausencia de factores limitantes puede ser peligrosa ya que deriva en una explosión de vida y en una cruda lucha por la supervivencia.
Pasado un corto intervalo de tiempo, la guió en dirección a unos frondosos arbustos de color mostaza. Alcanzó una vara de tinda, la elevó y llevó a cabo una descarga sobre las matas. Una lluvia de pequeños granos blancos la impresionó al sentir el impacto de los mismos por todo su cuerpo. Argo rió estruendosamente al ver su reacción y le ilustró una vez más. Se trataba de la mitraca, una planta cuyas semillas compondrían un buen porcentaje de su dieta proteínica en las próximas semanas. El sabor era un poco amargo al principio, pero después se asemejaba más a un cítrico. Recogieron una buena cantidad que guardaron en sus respectivas humildes «mochilas» realizadas con el pañuelo (aún no se habían desprendido de sus ropas originales tal y como rezaba la enigmática lista de artículos para el viaje) y, a pesar de que Cirene declaró que estaba hambrienta, prosiguieron en busca del agua por orden del doctor.
No les tomó más de una hora encontrar un riachuelo. Cuando lo alcanzaron, siguiendo los pasos de su mentor, ambos se sentaron en una zona a medio camino entre otra congregación de los grandes arbustos amarillentos y la orilla. Al principio, la chica pensó que podría haberse tratado de cualquier río cerca de la ciudad, junto a una granja o como el que hay en el pinar de detrás de su casa en  Zeleia. Para su sorpresa, transcurridos unos minutos, empezaron a emerger todo tipo de criaturas. Unas iban en procesión y otras, sin previo aviso, llegaban y se marchaban rápidamente, no sólo desde tierra, sino también en el mismo río. Los delfos se sumergían plácidamente en el agua y nadaban por la superficie alegremente con su ejército de «pies». En una ocasión Cirene se sorprendió al reparar en un dido que, oculto entre la maleza de la orilla más alejada, cazaba un par de delfos que se disponían a abandonar su baño. El hombre indicaba a Cirene que se mantuviera quieta y callada con gestos, pero sus tripas habían decidido pedir ayuda en aquel preciso instante y sonaron en mitad de toda la comitiva. Esperaba que todos salieran huyendo, pero de igual manera que surgieron, se esfumaron. Miró incrédula al hombre.
Ellos están siempre que deciden mostrarse intentó aclarar Argo.
Pero no lo entiendo. No los he visto marcharse, simplemente han desaparecido expuso ella incrédula.
Más adelante lo entenderás. Todo a su debido momento manifestó el profesor.
Pasaron la noche a la intemperie, resguardados bajo una aglomeración de árboles frigios para evitar la humedad que caía desde bien temprano, con la salida del sol. Usaron los restos secos de una planta que lograron encontrar, a modo de colchón cubierto por la humilde manta. Cirene se encontraba bastante inquieta. Había muchos sonidos desconocidos para ella en mitad de la noche y temía que un depredador o algún insecto venenoso pudieran atacarles en la oscuridad; sin embargo, su guía le aseguró que no había ningún peligro mientras se mantuviera el círculo de una peculiar planta que colocaron alrededor de ellos. Era una peculiar planta en tonos azulados y morados que abundaba en las zonas sombrías, al cobijo de otras mayores a las cuales les servía de protección. El metis, considerado sagrado por los aqueos según le había relatado Argo, desprendía unas esencias que ahuyentaban a los insectos que atacaban a las plantas mayores. Por este motivo, lo solían utilizar en sus casas además de en caso de quemadura u otro tipo de herida, para evitar la infección. Se recolectaban sus carnosas hojas con mayor antigüedad, ya que eran las que surtían efecto, se separaban en dos mitades y se empleaba el jugo trasparente que contenían para infinidad de afecciones y rituales. 
La tímida aparición de claridad actuó como un sedante que alejó el miedo. Los didos empezaban a cantar monótonamente, como si no existiera nada de qué preocuparse. El profesor aun dormía a un metro de distancia de ella aproximadamente. Juraría haber escuchado el crujir del suelo antes de caer exhausta, tras haber estado toda una noche alerta sin pretenderlo.


lunes, 23 de marzo de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: El tren del destino



-Capítulo 2-

El tren del destino


Argo era un apasionado de la antropología, doctor y profesor retirado desde hacía tres años. Tras su jubilación, había viajado a numerosos lugares salvajes y se había quedado por un largo tiempo en cada uno de ellos. Su filosofía consistía en que para conocer una cultura era preciso adentrarse en ella. Así, había sido capaz de realizar prácticas que a ojos de los demás pueden resultar espantosas, sacando siempre una enseñanza positiva de ello y convirtiéndolo en algo vital. La joven quedó fascinada de inmediato con su ideología y las experiencias que relataba pausadamente intercalando pequeñas pausas que a Cirene se le antojaban eternas. No pudo evitar recordar a su abuela mirando al vacío en medio de sus relatos, saboreando cada palabra o, mejor dicho, cada emoción evocada del mismo. Sin embargo, el antropólogo insistió de manera contundente y desde el principio en que debería de prepararse para este proyecto, lo cual no sería fácil y les llevaría tiempo. No obstante, los gastos correrían de su cuenta y solo cuando finalizaran dicho periodo, ella tendría su primer salario. También se afanó en dejar claro que era libre y que en cualquier momento podía abandonar el adoctrinamiento, no obstante, Cirene estaba casi al cien por cien segura de que eso no iba a ocurrir. La chica era de esas personas que se entregan por completo en sus empresas, adoptando la forma de una esponja terca, que no cede en su destino hasta rebosar pasión por todos sus poros. Para cuando terminaron la conversación, la chica no podía evitar considerar a Argo como su nuevo mentor y la emoción que le embargaba restó importancia al semblante serio del profesor cuando le advertía de la dureza de la etapa preparatoria que le proponía.
Ella no podía imaginar lo que él tenía preparado. Imaginó que debería pasar otro largo tiempo entre libros visitando archivos y bibliotecas, pero ese no era el estilo de Argo. Él era partidario de la práctica y consideraba la formación académica de Cirene más que suficiente por el momento.
Prepare una mochila. Le enviaré una lista esta misma noche con las cosas que va a necesitar. Puede guardar las facturas y yo me haré cargo de las mismas.
De acuerdo contestó ella algo aturdida e intentando asimilar.
¿Creía que su preparación iba a ser en la ciudad? Lo que usted podía aprender aquí sobre las tribus está recogido en todos los libros y documentales que estoy seguro ya ha visto, en su mayoría se hizo un silencio. Esperaba una confirmación por parte de él antes de hablar‒. Nos vamos de viaje. Espero que no suponga un inconveniente. Puedo redactar un contrato de formación a modo de documento legal donde se exponga nuestro vínculo profesional.
No existía impedimento alguno, ciertamente. Su familia ya estaba lejos de todas formas, no tenía pareja y si no hacía esto, tampoco tendría trabajo, así que no lo pensó. Sin embargo, dicho contrato serviría para aplacar el ansia de saber que siempre tienen los padres y podría apaciguarlos con esta nueva empresa.
Organizaré los tickets y le informaré sobre la hora y el lugar vía email en cuanto esté listo. Trate de disponer la lista pertinente lo antes posible. Espero que podamos partir en una semana como máximo se despidió el profesor.
Cirene regresó caminando por la orilla del mar hacia la pensión en la que estaba instalada provisionalmente. Su cabeza estaba repleta de maravillosas ideas y oportunidades por venir que se habían avivado con el curso de los acontecimientos. Una sensación de que todo estaba a punto de cambiar recorría todos los poros de su cuerpo. De repente, se fijó en el señor que siempre guardaba aquella barca, junto a las rocas. Estaba tratando de recolectar pequeños animales marinos para después venderlos y obtener una cantidad razonable de dinero con la que alimentar a su familia. Eso había pensado siempre, pero ahora se planteaba que quizás solo era un simple entretenimiento, o quién sabe si el humilde hombre en verdad era un biólogo marino que llevaba a cabo una importante investigación. De la misma manera que nadie podría haber reconocido a su mentor inmerso en cualquier tribu, como un erudito de la edad moderna. Sin duda, llevaba mucho tiempo suponiendo demasiadas cosas.
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Afortunadamente había utilizado su mochila de camping para viajar a Dardania, así que no tendría que ir a comprar una, aunque esperaba tener que ir a por repelente para mosquitos y algunas cosas similares. Ella amaba el entorno natural, pero llevaba demasiado tiempo cultivando su pasión entre letras, y el pensar que ahora tendría que salir ahí fuera, dónde acontecieran todos los ritos o prácticas furtivas que se había encargado de desenterrar con minuciosidad en la polvorienta sección de revistas y diarios de la biblioteca de Zeleia, le provocaba una mezcla de ansiedad y entusiasmo. Sin embargo, cuando recibió la lista de Argo quedó asombrada al comprobar que iba realmente en serio cuando se refería a introducirse por completo en el ambiente tribal, ¡ni siquiera podía llevar calcetines! Cirene estaba acostumbrada a dormir con calcetines desde que Deyanira, amante del cine de terror, le contara una historia sobre un ente que se dedicaba a agarrar los pies mientras dormías.
Así, Argo le pedía escrupulosamente que no llevara nada más de lo necesario, considerando por necesario lo que incluía su lista:
-          Una muda de ropa ligera que consistirá en un pañuelo amplio de colores vivos.
-          Una manta liviana y de pequeñas dimensiones.
-          Su documentación para viajar.
-          Deberá llevar puestas unas sandalias abiertas que no pesen y ropa veraniega que solo usaremos durante el traslado y de la que no le importará desprenderse.
PD. Podrá usar el pañuelo o la manta como bolsa de viaje.
Terminaba «suavizándolo» diciendo que el resto debería de proporcionárselo el entorno y, cuando fuera posible, sus futuros amigos. Por último adjuntaba el contrato con su firma, a falta de la suya.
Estaba claro que, tal y como afirmara Argo en su primer encuentro, esta experiencia no iba a ser fácil y, por lo que podía observar, no iban a alojarse en hoteles de cinco estrellas. Pero Cirene confiaba en que no iba a estar sola, que no iba a necesitar sus gafas de montura alta para leer y que una «práctica de campo» o visitar algunos lugares empatizando con el medio ambiente no le vendría mal.

Cirene explicó a su familia que los próximos meses iba a hacer unas prácticas antes de ser contratada definitivamente. Era consciente de que no iba a llevar teléfono móvil pero esto no iba a suponer un problema. Su familia estaba acostumbrada a sus ausencias en lugares recónditos o sin cobertura, tales como aquel campo de trabajo en un yacimiento arqueológico al que se unió durante todo un verano en lugar de ir de vacaciones al mar. Su hermana 3 años menor, Teca, ya se encargaba de colectar todo el calor del hogar que se resistía a abandonar, y ella tenía asignado el papel de hija despegada y desconsiderada. No solía prestar atención a su celular si no era para buscar información sobre fiestas populares singulares o aquello que captaba su atención en un momento y lugar determinados; pero ni siquiera podría disponer de esa fuente de información durante esta experiencia.
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Ya habían pasado siete días con sus siete largas noches en las que los paseos se hicieron habituales como consecuencia de los nervios, que no le dejaban dormir. Había imaginado todo tipo de historias a partir de los breves relatos que tuvo el placer de escuchar de Argo. Su fogosa elucubración desembocó en variados sueños nocturnos que figuraban sus expectativas. En uno de ellos, se encontraba en medio de un desierto, de noche. Una casi imperceptible luna nueva alumbraba tenuemente la escasa vegetación, cubierta casi en su totalidad por la arena. Inesperadamente vislumbraba una potente luz a lo lejos. Era como un faro de un coche que se acercaba, hasta que estuvo tan cerca que no podía ver y, entonces, se despertó en medio de una sacudida. No era la primera vez que todo su cuerpo vibraba al soñar con algo inquietante. Empezaba a impacientarse. Su buena amiga Deyanira, también antropóloga, se encontraba haciendo un curso en Dardania durante ese verano y le había ofrecido quedarse con ella en su piso de alquiler temporal. Sin embargo, Cirene sabía que su nueva pareja estaba viviendo con ella y prefería aguardar en la pensión. Argumentó que estaba cerquita del mar además de que sus nuevos fondos pagarían el hostal y, aunque fue difícil, finalmente logró que su amiga accediera. Era una chica efusiva, entusiasta de las ciencias sociales y una persona tan íntegra que a veces parecía quebrarse ante las desavenencias de la vida, aunque finalmente afloraba en ella una energía producto de su positivismo y seguía adelante con un vigor propio de las protagonistas de las comedias románticas. Era admirable cómo amaba cada cosa que hacía en la vida y, aunque había sufrido mucho por la pérdida de su última pareja en un accidente de tráfico hacía cuatro años, seguía mimando a sus allegados y cuidando sus estudios. Cirene necesitaba sentir esas buenas vibraciones más que nunca, la idea de que quizás todo se esfumara y desaparecieran sus sueños estaba empezando a hacer mella. Una delgada línea la unía con todo aquello que surgió hacía ya una semana. Caminaba sobre este hilo, cada vez más expuesta y comenzaba a perder el equilibrio; definitivamente no había nacido para ser trapecista. Cuando más urgía recibir noticias, sonó un bip en su teléfono móvil. ¡Era Argo!
«Buenas noches Cirene. Disculpa la espera. Ya está todo arreglado. Le espero mañana en la Estación Sur Medea a las 8 de la mañana.»

En el hostal le permitieron alquilar una especie de taquilla en la que guardar todas las pertenencias que había traído con ella y que ahora no le servirían. Entre ellas su preciado teléfono móvil y su e-book. El entusiasmo la había despojado de todo sentimiento de cansancio e incluso, de hambre. Camino de la estación se despidió del cristalino Mar Casiopeo. Alabó su encanto y magnificencia durante un momento, apoyada sobre la barandilla que precedía una baliza, la cual señalizaba precaución por reformas en el paseo marítimo. Cuando se iba a dar media vuelta algo proveniente de las rocas la deslumbró. Súbitamente le invadió el recuerdo del reciente sueño que había tenido y, sin más previsión se inclinó sobre la baranda subiéndose en el peldaño de ésta para inspeccionar la procedencia de aquel centelleo. Probablemente sólo se trataba de un botellín de cerveza que alguien había arrojado la noche anterior. Pero su incansable curiosidad y quizás algo más le impulsaba a averiguar con exactitud de qué se trataba. Si el soporte metálico que la separaba de las grandes piedras no hubiera sido provisional por las obras, seguramente habría soportado su peso, dado que era una chica de media estatura y menuda, pero no fue así. Lo siguiente que vio tras precipitarse sobre las rocas fue la baliza color naranja que iba a chocar directamente contra su cara. Por fortuna, el acantilado no era tal, sino un despeñadero artificial que hacía las veces de rompeolas y decoración, por lo que contaba con un reposadero al que fue a parar una aturdida Cirene. El agua alcanzaba en ocasiones esta altura, así que el descansillo de tierra estaba dotado además, de un generoso charco. La muchacha, antes de abrir los ojos y ver a un obrero a su lado, al que había derrumbado en su trayecto, pensó que así debería de haberse sentido su abuela en la isla de Prokonnesos al tropezar con aquel árbol.
¡Está usted loca! ¡Podría haberse matado y de paso a él también! El capataz gritaba desde arriba tras comprobar que la chica estaba ilesa, aunque algo confusa por el golpe y el cambio tan rápido de ubicación.
No parece que te hayas golpeado fuerte. Déjame ver tu mano, creo que ella te salvó del golpe en la cabeza. El obrero arrodillado junto a Cirene supervisaba los daños con apremio.
Gracias. Lo siento mucho. ¿Estás bien? –Era un chico joven, quizás un par de años mayor que ella y no parecía el típico albañil o peón de obra. Su piel no estaba curtida por el sol en absoluto.
Sí, no te preocupes, sólo me has desequilibrado, pero no me he golpeado contestó el joven colocándose el casco amarillo que llevaba algo ladeado.
¿Qué hora es? ¡Tengo que irme! Cirene se percató que apenas tenía tiempo para llegar a la estación.
¿Puedo llevarte a alguna parte? preguntó cortés el muchacho. Ella se levantó y comenzó a sacudirse rápidamente mientras él se encontraba a medio camino escalando por un terraplén situado a unos dos metros de la escena–. Yo ya he terminado aquí Y le tendió la mano.
¿Antes de las ocho de la mañana? se sorprendió ella.
Sí, soy el delineante. Estaba revisando que todo se ejecutaba conforme a los planos, pero ya me marchaba cuando me llovió una chica del cielo explicó sonriente. Cirene no era suficientemente confiada como para aceptar una invitación de aquél tipo viniendo de alguien totalmente desconocido. Sin embargo, apenas pudo mostrarse dubitativa dadas las circunstancias.
De acuerdo, me salvas la vida aceptó ella ya una vez estando a pie de calle.
El viaje en coche fue corto y ajetreado. Al parecer el chico había venido a Dardania por trabajo y no conocía la ciudad. Cirene le fue indicando el camino. Cuando llegaron le dio las gracias y tras bajarse del vehículo precipitadamente y corriendo hacia el andén, él bajó la ventanilla y le preguntó su nombre. Ella se lo dijo mientras corría y acertó a escuchar en respuesta algo así como «Eneas». Volvió a darle las gracias mientras se alejaba corriendo hacia Argo que ya se encontraba frente al tren esperándola.
¿Se encuentra bien? preguntó el profesor observándola. Tenía la cara roja por la carrera y sus ropas estaban mojadas y manchadas de tierra.
He tenido un percance viniendo de camino. Pero estoy bien. Gracias. ‒La chica no pudo evitar recriminarse en su interior el caprichoso merodeo y sus consecuencias. Además, podía sentir cómo su rebelde cabellera, ya de por sí recogida descuidadamente en una trenza, campaba a sus anchas. La chica experimentaba una particular aversión hacia esos pequeños e indomables mechones que anidaban en la parte superior de su frente dónde le nacía el pelo.
De repente cayó en la cuenta de que ni siquiera le había preguntado al muchacho por su procedencia pero eso no era importante ahora. Quizás no volviera a verle y ya habían subido al tren de su destino.


domingo, 22 de marzo de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: Las primeras etnias



-Capítulo 1-

Las primeras etnias


El reflejo del cielo sobre el Mar Casiopeo lo torna más celeste si cabe. El olor a salitre y la ligera brisa marina brinda la mejor bienvenida a la ciudad de Dardania. Después de pasar un tiempo en Zeleia, más al este de Tróade, a orillas del río Escamandro, Cirene percibe el cambio de manera contundente. La cautivadora frescura seca de las tierras cercanas a las montañas languidece su piel, ahora foránea, como si se sintiera ajena a sus orígenes. Sin embargo, para ella la esencia del hogar no ha cambiado de emplazamiento en sí, solo se ha hecho mayor geográficamente hablando.

Su ascendencia Corónide por parte de madre le proporcionó desde bien pequeña el conocimiento de la cultura tribal proveniente de la isla Prokonnesos. Su abuela, una mujer llamada Níobe, solía transmitirle el saber sobre numerosas prácticas y cultos que, inevitablemente, las nuevas generaciones están perdiendo. La nueva Era está dando la espalda al germen de su civilización, como una planta que continúa creciendo una vez se le han cortado las raíces, avocada al fracaso. Este vínculo impulsó a la chica a dedicarse a la Antropología, en pro de recuperar la tradición y el acervo popular, para poder entender y respetar el mismo. Cuando finalizó su grado, accedió a uno de los departamentos de su materia en la tierra de Dárdano. Su pretensión siempre ha sido adherirse a un proyecto que le permita adentrarse en el mundo tribal y estudiarlo desde un punto de vista social. Cuando después de cuatro meses documentándose sobre las posibles fuentes de interés para dicho propósito, le comunicaron que finalmente no habría financiación, decidió volver a Zeleia con su familia y preparar su propio anteproyecto para intentarlo por su cuenta en el sector privado. Así, se decantó por una empresa enfocada a la cooperación y al desarrollo de los distintos clanes de la región, cuyo nombre es Las primeras etnias.
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Era el gran día de la presentación. Una gran libreta ajustada a un atril hacía las veces de proyector de diapositivas. Cirene había preparado una serie de dibujos inspirados en la tribu de los asclepios, aquella por la que finalmente había decidido apostar. No pertenece a su estirpe y el linaje que le queda es considerado como un cajón de sastre al cuál se adherían antaño aquellas familias que, por una razón u otra, habían rehusado o perdido su auténtica línea parental. Los expertos dudan de si realmente existió o no. No obstante, ella había escuchado en primera persona un testimonio de su existencia que Níobe le reveló en una de sus largas charlas, y en ello se iba a basar la introducción de su exposición.
La chica estaba situada al principio de una larga sala de conferencias ocupada en gran parte por una mesa rodeada de los directivos y otros cargos competentes a la hora de decidir la aprobación del proyecto. El director procedió a presentarla y con un gesto de asentimiento le dio permiso para que comenzara a hablar, mientras la observaba por encima de la montura de sus pequeñas gafas. Su corazón se aceleró y notó cómo se le secaba la boca por momentos. Ya había hablado en público en varias ocasiones pero no terminaba de acostumbrarse y siempre sentía la misma inseguridad antes de comenzar. Estaba al borde de un precipicio y podía percibir la oscilación que le llevaba hacia el vacío hasta que pronunció la primera frase, después la segunda y pronto levantó el vuelo.

Cuando Níobe tenía 10 años, en una de las expediciones que ella y su familia solían hacer a la cercana localidad de Ceres, en la costa, se perdió en la selva durante unas horas. La tribu Corónide solía viajar a este lugar porque era rico en hierbas aromáticas y les servía como una despensa natural de la que tomaban lo que necesitaban cada cierto tiempo. Además, si se adentraban en la vegetación, un sinfín de frutas tropicales de todos los colores, sabores y formas abundaban entre el follaje. Aun así, sólo arrancaban lo estrictamente necesario, manteniendo el equilibrio y siempre dando las gracias a la madre naturaleza por los bienes que les proporcionaba para vivir. Aquel día, el padre de Níobe, Crono, penetró entre la espesura un poco más de lo habitual. Un potente reflejo le había cegado justo un momento antes, y como hipnotizado se acercó sin pensarlo buscando el origen de semejante destello. Cuando volvió en sí y trató de localizar a su hija para volver a la embarcación, se dio cuenta de que ésta ya no estaba.
La niña había tropezado con la voluminosa raíz de uno de los árboles, que sobresalía sobre el terreno. Cayó de espaldas y, para su sorpresa, una especie de terraplén se escondía tras la maleza. Afortunadamente, los arbustos amortiguaron su caída hasta que fue a parar a un pequeño arroyo. Nunca había estado en un lugar como el que se presentaba ante sus ojos. La luz, incapaz de penetrar a través de las densas copas de los árboles, era tenue, pero lo que más llamó la atención de Níobe en un primer momento fue el silencio. De repente era como si todo se hubiera paralizado y, entonces lo vio. En la lejanía emergía un humo de un color lila rosado formando círculos concéntricos que se diversificaban en lo que parecían ramas. Decidió acercarse. Conforme lo hacía comenzó a escuchar una melodía. Ésta provenía de un instrumento que nunca antes había conocido, a veces grave y sonoro como una tuba y otras, agudo como si se estuviera golpeando una superficie de metal. La música cesó. Pensando que este cambio era debido a su presencia, Níobe se escondió de inmediato tras un macizo tronco. Por primera vez reparó en lo peculiar de los monumentales árboles. Poseían círculos concéntricos de color azul y amarillo similares a los que formaba la espesa niebla que había captado su interés. Eran como cortes; heridas abiertas que se perdían en las alturas…

—     Es un Bonkuk Nazar.- se oyó una voz profunda de mujer. La niña dio un respingo y comenzó a buscar de dónde provenía sin encontrar rastro, preguntándose si lo que había escuchado había sido real o no, hasta que se volvió a escuchar- Puede observarte a través de sus ojos azulados, los amuletos de Erinia.
—       ¿Qué es Erinia?- se atrevió a balbucear Níobe.
       Erinia es nuestra casa.- contestó la voz.
      ¿Quién eres?- preguntó la Corónide y, en esta ocasión ya no hubo respuesta. -¿Dónde estás? ¿Cómo salgo de aquí?
Entonces el reflejo de uno de los ojos alcanzó su retina y al querer huir, asustada, resbaló y cayó al agua de nuevo. La voz de Crono le produjo un inmenso alivio y cuando logró abrir los ojos y se encontró con su padre preocupado inspeccionándole la frente, se percató de que ya no había silencio. Ahora se escuchaban las aves y el repiqueteo del viento en la espesura. ¿Había sido un sueño? Quizás la caída y el golpe en la cabeza le habían provocado esa sensación de desplomarse y el resto había sido producto de su imaginación. Cuando Crono la cogió en volandas pudo ver tras ella que no había nada parecido al escenario anterior.

Cirene terminó su exposición dando argumentos a favor de su proyecto así como de la experiencia de su abuela, como que ésta proporcionaba datos que ella no había conocido antes y que coincidían con las crónicas sobre esta tribu. Erinia era el lugar sagrado que tradicionalmente ocupaban los asclepios, el cual solían delimitar con amuletos y una serie de rituales. De esta manera, se cuenta que sólo podían acceder al mismo aquellas personas que fueran dignas de su presencia. El alma pura y la inocencia de una niña de diez años podría haber sido la candidata perfecta para encontrar la tribu aparentemente extinta largo tiempo atrás.
Todo marchaba según lo esperado, mientras hablaba había podido captar miradas de interés y de beneplácito, la respuesta sólo podía ser una.
Le pidieron que saliera de la sala un momento para poder deliberar. A su paso por la amplia mesa dónde se acomodaban los asistentes deparó en una persona, la única que no vestía con traje oscuro de ejecutivo. Se trataba de un señor de edad avanzada. Llevaba un chaleco de cuero color marrón, con una camisa celeste. Su pelo era blanco y escaseaba en la parte superior. No parecía ser de la misma condición que el resto del jurado. Cirene no pudo evitar preguntarse cuál sería su función en aquella empresa.

Diez minutos que se le antojaron eternos bastaron para que tomaran una decisión y la volvieran a llamar a la sala. Después de unas pocas palabras elogiando su trabajo y la presentación, le comunicaron que no consideraban que fuera el mejor momento para invertir dinero en un proyecto de este tipo. De repente se sintió sin fuerzas, sólo pudo despedirse mecánicamente y dirigirse a la puerta de salida, atravesar el pasillo colindado por enormes ventanales y salir al jardín principal; pero cuando alcanzó la bifurcación del camino, dónde había una fuente hecha de cantos rodados, no pudo más que dejarse caer en un banco, como si éste la estuviera aguardando desde hace tiempo.

El sonido del agua mimetizaba el entorno, en especial el paso ajetreado de la gente unos metros más abajo y los coches que circulaban por la carretera cercana. Es increíble cómo una pequeña fuente rodeada de flores con forma de campana, bajo un cielo prácticamente escondido por unos arcos abovedados cubiertos de hiedra y otras plantas trepadoras, puede suponer un universo paralelo, ajeno al ambiente en el que realmente está inmerso.


  ¿Puedo sentarme?- El hombre del chaleco marrón mostaza la estaba observando desde el otro lado del banco. La joven sólo se apartó y dejó espacio para que él también pudiera disfrutar contemplando el agua fluir.- ¿Sabes quién soy?- ella sólo se dedicó a hacer un movimiento imperceptible con su cabeza y él continuó hablando.- Mi hijo dirige Las primeras etnias y yo lo hice antes que él. Lo que acaba de pasar ahí dentro ha sido a petición mía.

Cirene fijó sus ojos en él buscando una explicación. El rostro sereno del hombre no le transmitía rechazo ni mucho menos, sin embargo, parecía haber ido en su busca para asegurarse de que recibía el mismo mensaje por segunda vez. Entonces el hombre debió de entender el reproche e inmediatamente habló de nuevo:


   Lo sé, lo siento. Mi nombre es Argo y me encantaría trabajar contigo. Estoy aquí porque quiero financiar personalmente tu proyecto.- extendió su mano para estrecharla y la muchacha, asombrada, al fin sonrió y aceptó el saludo.
      Cirene. Será un placer.

domingo, 27 de octubre de 2019

"El único e incomparable Ivan" de Katherine Applegate


Author: KATHERINE APPLEGATE
Editorial: Grantravesia
Year of Edition: 2014

Me llamo Iván, soy un gorila. No es tan sencillo como parece.Yo era un gorila salvaje que vivía en la selva, y aún conservo este aspecto. Tengo la mirada tímida de un gorila, y la sonrisa pícara. Tengo una zona de pelaje que parece cubierta de copos de nieve, el uniforme de espalda plateada. Cuando el sol me calienta la espalda, proyecta mi sobra, la de un gorila majestuoso. 





"Durante un tiempo, cuando era joven e ingenuo, pensé que era el último gorila de la tierra"


Esta entrañable historia narrada en primera persona por Iván, un gorila que lleva 27 años en cautividad en un circo, está basada en hechos reales. Este proyecto por el que se le dota de voz al gorila que vivió en una jaula de un centro comercial temático de Washington, está protagonizada además por un elefante hembra, Stella, un perro callejero, Bob, una niña hija de uno de los trabajadores del establecimiento, Julia y un elefente bebé, Ruby. Todos estos personajes crean la ambientación perfecta para desarrollar la historia y que nos pongamos en el "pellejo" de Iván, el cuál fue también el personaje central de un especial de National Geographic titulado El gorila urbano.




Todos estos personajes nos ayudan a poner en contexto los pensamientos y comportamientos animales, con objeto de que nosotros, los humanos, empaticemos con sus conductas así como la confusión producto del mundo artificial en que les ha tocado vivir. Algunas de sus cualidades quedan plasmadas en el texto al ser contrastadas entre los distintos protagonistas. Por ejemplo, se hace énfasis en la mala memoria del gorila en comparación con la del elefante Stella, la cuál suele contar chistes e historias; o se realizan comparativas del temperamento de ambos.

El corazón de los gorilas está hecho de hielo, Iván- dijo, con los ojos brillantes- El de los elefantes de fuego.
- Ahora mismo daría todas las patas recubiertas de yogur del  mundo por tener un corazón de hielo.

Se puede apreciar una evolución del personaje que él mismo cuenta, empezando por la cita que aparece al principio de esta reseña. Me parece muy curiosa y desgarradora la manera en que se refleja la naturaleza salvaje y noble al mismo tiempo de Iván, que analiza en ocasiones la conducta de los humanos respondiendo a la pregunta de si ellos pudieran describirnos con palabras, ¿cómo lo harían?

"Los humanos derrochan palabras. Las lanzan como cáscaras de plátano y las dejan ahí para que se pudran"

"Oyen rumores de pelea en el viento, cuando yo tan sólo pienso en cómo el sol del final del día se parece a una nectarina madura"

Iván se considera artista y pintor, alegando a esta condición para explicar que su forma de ver el mundo es distinta a la de los demás, jugando con aquello que nos separa en una continua dicotomía animal-humano.

¿De qué estás cansado?- pregunta Stella. 
Lo pienso un momento. Es difícil ponerlo en palabras. Los gorilas no acostumbramos a quejarnos. Más bien somos soñadores, poetas, filósofos, maestros en el arte de la siesta, pero no en el de la quejas.

La lectura es amena y la historia nos permite evadirnos y disfrutar; sin embargo, conforme nos acercamos al desenlace, se va haciendo cada vez más obvio el papel que jugamos los humanos en el mismo y la necesidad de cuidar de los demás seres vivos como si de niños se tratara, ya que ellos no pueden defenderse. El amor por los animales y, en concreto por los gorilas, ha llevado al estudio y protección de los mismos como en el caso de la naturalista Dian Fossey, quien fue asesinada en su lucha contra los cazadores furtivos de estos grandes primates en Ruanda.


Adaptación cinematográfica "Gorilas en la Niebla" sobre el trabajo
de la naturalista Dian Fossey con Gorilas en Ruanda

Creo que esta sencilla y emotiva novela, organizada a base de pequeños subtítulos en lugar de grandes apartados o capítulos, nos muestra lo más esencial e importante de una forma tierna y sincera que recuerda a la realidad tamizada por los ojos de un niño. Sin duda se trata de un mensaje crudo y doloroso sobre aquello que la pretenciosa "naturaleza" humana suele llevar a cabo o bien ignorar que se está llevando a cabo, cuando no respetamos a los demás habitantes de este planeta. Para niños, para adultos, para todos.






Totoro