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jueves, 21 de mayo de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: El origen: las tribus oníricas



-Capítulo 8-

El origen: las tribus oníricas



El mundo no siempre ha sido tal y como lo conocemos. Hubo un tiempo en el que las personas vivían en transición entre Getsebel y la Tierra, manteniendo un equilibrio en el que los malos sueños nunca atormentaban a su dueño, sino que únicamente cumplían una función reguladora y de adaptación. La pureza de espíritu era lo que caracterizaba este lugar, en el que se concentraba toda la fuerza que daba luz a la existencia, conectando cada diminuto ser que poblara la Tierra, como parte de ella misma. Pero hasta la más profunda buena intención, puede volverse liviana y verse quebrantada ante una mala vibración, convirtiéndose por antagonismo en un etéreo deseo de lo que realmente es y transformando lo que le rodea en la creencia de pertenecer a algo que se corresponde con lo que debería de ser. Las tribus se agrupaban en comunidades de acuerdo a sus habilidades, las cuales les venían dadas por nacimiento. Así, se podía encontrar la Comunidad del Sustento, cuyos miembros se encargaban de velar por un reparto equitativo en la cadena alimenticia de la vida, dotando de alimento o buscando cobijo dentro de la naturaleza para aquellos que lo necesitaban; o también existía la Comunidad del Disenso que solía proveer armonía y tolerancia en las relaciones entre diferentes miembros de tribus, salvaguardando la heterogeneidad, necesaria para mantener el pensamiento sano. Otro ejemplo sería la Comunidad del Adiestramiento, dónde se transferían los conocimientos, así como las prácticas imprescindibles para aprender un oficio necesario para todos; o la importante Comunidad del Scire, responsable del educar el saber más allá del entendimiento, el saber como una actitud. Entre todas estas Comunidades había una denominada la Comunidad del Alumbramiento, que destacaba por la extraña habilidad de sus integrantes de limpiar todas aquellas vibraciones negativas que a veces se adueñan de las personas a través de los sueños. Dentro de la misma estaban incluidos los Batidores de la Trepidación, personas que entregaban su vida a la intensa tarea de cazar toda la materia oscura, es decir las malas intenciones o sentimientos que amenazaban con destruir Getsebel y los sueños reparadores. Todos ellos seguían la intuición de una sola persona que llevaba la pesada carga de filtrar todo aquello que sus compañeros cazaban, la Getsemaní o imago. Ella era capaz de neutralizar cada mal augurio, con anterioridad a su materialización, disolviendo cualquier posibilidad de asolar el mundo. Atacaba al origen de la mala energía sin contemplaciones y sólo ella podía delegar su responsabilidad en otra persona de su elección que poseyera su misma intuición. Sin embargo, llegó un momento en el que lo que hoy llamamos pesadillas, se tornaron sueños sin objetivo aparente más que el de hacernos sufrir, pero su razón de ser iba mucho más allá y su pretensión era romper el equilibrio. Entonces comenzó a surgir la duda, especialmente en miembros de tribus ajenas como los tropos que ya conoces, que consideraban que las tribus oníricas estaban perdiendo el control y que la realidad estaba cambiando. Getsemaní vio mermada su capacidad para asimilar todos estos sueños terroríficos que ponían en entredicho hasta la más básica premisa de Comunidad. Dicen que llegaron a tomar forma de vibración en su intento por volverse reales y que hacían temblar de miedo literalmente a aquellos que los padecían. Las pesadillas cada vez se hacían más potentes y Getsemaní empezó a perder su intuición. Desbordada por las circunstancias, se fue apagando y no pudo trasladar su sabiduría a ningún otro miembro de su tribu. A partir de aquí se desarrolló la creencia de que Getsebel era el origen de todas las guerras que comenzaron desde que desapareciera el último imago, hasta el punto de cerrarse todas sus puertas y transmutarse en una ilusión más propia del mundo de los sueños, los mismos que albergaba antaño. Estos sueños salieron despedidos de su fuente para morir o refugiarse de generación en generación en los privilegiados descendientes oníricos. No se trataba sólo de sueños triviales inspirados por recuerdos o sensaciones concretas, sino de los deseos más puros y profundos que albergan los seres humanos y, sin los cuáles, no es posible que el planeta sobreviva. Por esta razón el balance de las nuevas creaciones como puede ser la tecnología o la industria, se encuentra descompensado y el fin para el que son usadas inclina la balanza hacia el daño producido, que ya es mayor que el bien para el que fueron ideadas.
Entre los defensores de las tribus oníricas ya se encontraban entonces los maqueos, famosos por sus habilidades curativas a partir de los recursos que les brinda la naturaleza. Además, se dice que ciertos maqueos nacían con la misión asignada de asistir a otra persona de por vida, creándose un vínculo que, de la misma forma que les daba la vida, también se la quitaba cuando éste se rompía. La última Getsemaní había pasado toda su vida junto a Dalías, un maqueo que, además de estar vinculado a ella como curandero de su tribu, también era el padre de su hija única, Miscelánea. Desgraciadamente Dalías abandonó Getsebel junto a su esposa cuando el vínculo de la vida pasó a formar parte de la muerte, y se piensa que Miscelánea no sólo con capacidad intuitiva sino también curativa, se refugió junto a los maqueos que la mantuvieron oculta con la esperanza de que volviera a surgir la figura de un imago. Los maqueos conservaron un vínculo mucho más importante que el de cualquier curandero, ya que las tribus oníricas, perseguidas y brutalmente golpeadas por el destino, se fundieron con ellos y quedaron embebidas por esta estirpe junto a la reminiscencia de sus responsabilidades innatas. Por ello, esta tribu también se encargó de mantener vivo Getsebel en secreto, como única forma de proliferación de buenas vibraciones dentro del caos que reina hoy en día en el mundo moderno. De esta forma, aquellos con capacidad para cruzar el portal, se adentran en ella cada primavera a través de las rocas oscuras llamadas oniris. Pero ahora los tropos han descubierto este lugar sagrado y se van a encargar de acabar con él.
Cirene observa a su interlocutor impertérrita, tratando de asimilar la historia que le acaba de narrar. Entonces Eneas continua para responder a su mirada interrogatoria:

-          Los tropos piensan que Argo posee capacidades oníricas y pretenden averiguar cómo dominar esta habilidad de saltar entre mundos para eliminarla o corromperla. Quizás le correspondiera a él hablarte sobre su procedencia, pero, dadas las circunstancias, me veo obligado a hacerlo yo. Argo es un maqueo, al igual que yo.

La muchacha está observando a Eneas de manera impasible mientras multitud de pensamientos se agolpan en su mente. 

-          Ahora entiendo que el violento zarandeo en medio del cual despertaba muchas noches no era producto de mis sueños o, mejor dicho, sí. Pero no alcanzo a entender mi papel en toda esta historia – expresa la chica preguntando con la mirada a Eneas.

-          Nadie lo sabe aún, Cirene. Eso es lo que debemos de averiguar. Quizás tú también seas maquea – responde el muchacho.

-          Eso no puede ser. Hasta dónde yo sé, como bien me trasladó Argo en su momento, la protección de la planta sagrada metis sólo funciona ante los maqueos como mujer ajena a la tribu. Y conmigo funcionó. Lo que está claro es que recientemente ha experimentado personalmente mi capacidad de acceder a Getsebel… – argumenta Cirene algo asustada.

-          De cualquier manera, dado que las tribus oníricas ahora forman parte de los maqueos debido a la fusión que acabo de mencionar, tampoco puedes pertenecer a las mismas, ya que son una sola – razona Eneas dubitativo.

-          Pero entonces, ¿a dónde pertenezco y por qué comparto esta habilidad con ellos? –  vuelve a preguntar la muchacha.

-          Créeme, eso es algo que hasta al propio Argo desconcertó en el momento de su descubrimiento. Lo más importante ahora es tratar de sacar a mi tío de esta situación y creo que sé por dónde debemos comenzar – Eneas confía en que camino de este propósito puedan descubrir algo más sobre la procedencia de Cirene y sus habilidades, pero se resigna a dar más información que procesar a la chica en este momento ya que considera que sería contraproducente con su misión.

-          Entonces sólo dime por qué apareciste de repente cuando me sacaron de aquella roca y si no es una coincidencia que tropezara contigo justo antes de conocer a tu tío– increpa la perpleja Sassa a su sospechoso salvador.

-     Los maqueos también somos muy intuitivos y tenemos la suerte de seguir remotamente conectados a Getsebel – sonríe Eneas a su interlocutora, pero viendo que ésta no se da por satisfecha concreta – ¡Soñé que me pedías ayuda!

-          ¿En serio? Pero, ¿cuándo y dónde estaba yo? – enloqueció Cirene.

-          Está bien, ya tendremos tiempo de hablar más tranquilamente sobre todo esto, ahora tenemos que ponernos en marcha y te contaré por el camino.


Eneas y Cirene se disponen a prepararse para encontrar a Argo e impedir que nada malo le ocurra, entre la lluvia de preguntas por la que la mente de Cirene atraviesa en estos momentos y las cuáles suelta en voz alta intermitentemente. Eneas las esquiva lo mejor que sabe e intenta centrarse en lo verdaderamente importante, aunque ya se ha percatado de lo difícil que le va a resultar dosificar la información a su persuasiva e inquieta compañera.

sábado, 11 de abril de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: En el límite de las Tierras de Leda



-Capítulo 7-

En el límite de las Tierras de Leda



Los murmullos están incrementando. Cirene se siente cada vez más pesada. Puede sentir el ambiente enrarecido del interior de la roca, a pesar de que el entorno es diferente. Comienza a escurrirse cada vez más en dirección al precipicio. Sin poder hacer nada se deja llevar hacia el interior de Getsebel. De repente siente la acentuada caída y cesa de golpe despertándose.
Le cuesta abrir los ojos. Primero siente cómo alguien la sostiene en el suelo y luego el sol comienza a delimitar sus pupilas. Cuando logra vencer el sopor que la adormece y enfocar sus ojos en medio de una agobiante claridad, se da cuenta de que está tendida junto a la roca abierta. Esperando encontrar a Argo gira su cabeza hacia quien le está soportando y la sensación de haber vivido ese mismo momento con anterioridad se apodera de ella.
‒¿El obrero? –pensó Cirene atropelladamente sin poder balbucear lo más mínimo.
El chico está mirándole con apremio, esperando una señal de que ella se encuentra bien. Por un momento Sassa parece formar parte de un sueño y Cirene cree encontrarse tendida de nuevo en las obras del paseo marítimo de Dardania. Alargando su estado de desorientación, aprovecha para observar los ojos color miel, que clavados en los suyos no parecen tener prisa en apartarse. Empieza a sentirse intimidada por ese rostro que ha empezado a recorrer con detalle: sus mejillas están sonrosadas, su ceño fruncido levemente en un gesto de preocupación y cuando se para en sus labios, el muchacho los entreabre en un ademán de preguntar por su estado. Cirene observa en el familiar rostro cómo le falta un trocito de una de sus paletas. Rápidamente dirige su mirada a los ojos miel de nuevo, se sonroja y reacciona: 
‒Eneas – susurra deseando volver a la realidad.
Sin embargo, él no contesta a su nombre o quizás ella no ha tenido tiempo de escucharlo antes de caer inconsciente en sus brazos.
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Está despierta pero le resulta imposible abrir los ojos ni realizar movimiento alguno. La temperatura es agradable, siente una fuente de calor cercana a su costado derecho. Un fuerte olor a esencias escala hasta su cerebro dónde parece haber comenzado una revolución que le está devolviendo todos sus sentidos poco a poco, aunque sigue observando claras imágenes en su mente que le abordan. Cuando se acerca a la lucidez se dibujan los contornos del último rostro que vio estando despierta,  presididos por dos tenues lucecitas amarillentas. De repente comienza a atormentarse pensando si probablemente esté muerta o atrapada entre dos mundos sin poder salir, mientras la conocida cara se vuelve cada vez más corpórea. Como quien lucha por respirar tras pasar mucho tiempo bajo el agua, Cirene se incorpora y aspira con fuerza asustada, yendo a parar a los brazos de su nuevo protector, al que ya llevaba observando un rato desde su inconsciencia.
Éste vuelve a tumbarla con suavidad y le ofrece un cuenco con agua. Ella bebe con urgencia. Un terrible dolor de cabeza le impide expresarse con claridad. Todo su cuerpo tiembla y un sudor frío recorre su piel. Él le retira un paño húmedo de la frente y lo moja en otro cuenco rebosante de agua, lo escurre y vuelve a colocárselo. Debido a un esfuerzo repentino por preguntar dónde se encuentra o qué ha pasado, hace una mueca de dolor y cae rendida.
-          Tranquila. Ahora descansa. Lo peor ha pasado. – le tranquiliza su cuidador.
-          Argo – Cirene alcanza a pronunciar en un susurro el nombre de su mentor en un desesperado intento por saber de su paradero pero enseguida se apodera de ella un desosegado letargo.
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Como si nada hubiera pasado sus ojos se abren. El sol de la mañana se cuela por las rendijas de lo que parece ser una puerta tejida con tinda seca. A su derecha hay unas ascuas aun candentes. Algo le ha despertado, algún sonido en particular, pero no está segura. Se sienta sobre el improvisado futón que la soporta y se da cuenta de que sólo una rasgada sábana atada en su hombro izquierdo impide que esté totalmente desnuda. Sin embargo, no hace frío, ni calor. Se acerca descalza a la salida y empuja hasta que la destartalada estructura cede. Parece una mañana primaveral en Dardania, no en las tierras de Leda, dónde el sol calienta desde bien temprano. La chica sigue un camino de tierra como única alternativa a la espesura. Las hojas de los árboles brillan en la altura con los reflejos de la luz de la mañana. Está ensimismada, siguiendo el sonido del agua que se esconde en alguna parte. El camino tuerce a la derecha y después a la izquierda dónde el suelo ya está húmedo y lleno de abundante hierba de un verde intenso. Un momento después cierra los ojos y agacha su cabeza en respuesta a un reflejo. ¿Qué ha ocurrido? Cuando su vista se acostumbra no puede creer lo que se extiende ante ella. Los rayos solares descansan sobre su piel y sus pies están bañados por el agua clara y fresca de un gran río que discurre paralelo al camino que le ha guiado hasta el lugar. Hay pequeñas cascadas de agua resbalando por una inmensa pared rocosa totalmente vertical. Puede notar cómo el agua le salpica y la brisa cargada de humedad que mantiene esa agradable temperatura propia de las zonas cercanas a grandes masas de agua. De repente repara en que algo se mueve a la otra orilla junto a la pared de piedra. Alguien está postrado lavando con agua lo que parece ser una especie de vegetales en un cuenco. Cirene observa atenta hasta que Eneas levanta la cabeza y le mira mostrando sorpresa y sonriendo al mismo tiempo. Ya no recordaba que se encontraba allí con él, aún se encontraba desubicada y no lograba distinguir entre sus vívidos sueños y la tenue realidad desde que saliera de aquella roca candente.
Eneas se levanta resuelto y se aleja unos metros para cruzar el río por unas maderas dispuestas encajadas entre unas rocas improvisando un camino sobre el agua y alcanza a la muchacha con avidez:
-          ¿Cómo te encuentras? Estaba preparando algo de sativa para cuando despertaras. Estas hierbas frescas te ayudarán a hidratarte.- Cirene le mira con los ojos muy abiertos mientras cantidad de preguntas se agolpan en su cabeza aturdida.- Ven conmigo, comamos algo y después podremos hablar tranquilamente.
Ambos atraviesan el sendero en la dirección contraria a la que Cirene había tomado anteriormente y Eneas posa el gran cuenco sobre un enorme tronco de árbol cuya función es la de servir como mesa junto a la rústica tienda.
-          Creo que es mejor que pasemos un poco de tiempo aquí fuera ya que te encuentras mejor y así podrás despejarte un poco.- expresa el chico mientras se pone manos a la obra.
La mesa está llena de otros enseres tales como unos diminutos frutitos rojos y otros marrones, unas semillas alargadas de color negro que están sumergidas en agua, brotes tiernos de color amarillo y la sativa verde que su recolector está mezclando con energía. Acto seguido, Eneas vierte una generosa cantidad del líquido amarillento resultante de estar en contacto con las semillas y le ofrece a Cinere un enorme cuenco con la mezcla así como el que contiene las semillas remojadas y un totó con una abertura en la parte superior. Ella le mira agradecida y pregunta:
-          ¿Dónde estamos?
-          En el límite de las tierras de Leda, dónde se encuentra la fuente de agua más cercana al poblado Andrómaca, el río Jandro.-le contesta el muchacho.
-          ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?- prosigue incrédula.
-          Niké y los demás me ayudaron a transportarte con ayuda de unas telas y ramas frigias para darte soporte. No nos quedamos con la tribu porque no era seguro para nadie. La tribu de los tropos apareció de improviso mientras te encontrabas dentro de la oniris y yo te saqué antes de que te encontraran.
-          ¿Los tropos? ¿Oniris?- cada vez se sentía más confundida. A pesar de la gravedad que el chico imprimía en sus palabras al hablar de dicha tribu, la desorientada Sassa en aquél momento sólo acertaba a pensar que gracias a ellos había salido de aquel agujero con vida.
-          Oniris es cómo llamamos a la roca negra sagrada en la que te adentraste. Su nombre proviene de la etnia a la que debe su existencia, compuesta por las tribus conocidas como oníricas. Es la única puerta que queda hacia Getsebel.-sentencia Eneas.
¡Getsebel! Cirene reconoce el lugar al instante, aunque ni siquiera recuerda cómo sabe de su existencia ni si alguien se lo ha mostrado antes de su experiencia cercana. A su mente acude súbitamente el vértigo de la caída y su lengua tropieza al intentar formular las siguientes preguntas:
-          ¿Qu-qquién eres? ¿Dónde está Argo?
-          Mejor empecemos por el principio- le sonríe Eneas.

miércoles, 1 de abril de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: Getsebel: El auténtico presente



-Capítulo 6-

Getsebel: El auténtico presente


La noche estuvo plagada de sueños inquietos para Cirene. Cuando finalmente abrió los ojos, se sintió aliviada de comprobar que todo había sido producto de su mente. Al principio parecía tratarse de un agradable encuentro con su abuela, pero después ésta desaparecía y sólo podía escuchar su voz, mezclándose con extraños sonidos y luces. Sentía que le alertaba de algo que ahora no podía recordar. Pasó un tiempo tumbada intentando unir las piezas de la caótica experiencia hasta que Ítana le hizo volver a la realidad.

Estaba parada de pie frente al futón, como esperando a que se despertara su invitada. Ya portaba en su regazo la vestimenta que debería llevar Sassa. Parecía que algo importante acaecería esa mañana. Cirene podía escuchar cómo los miembros del poblado trajinaban fuera desde bien temprano. En esta ocasión el gran pañuelo que cubriría su cuerpo era de un color amarillo intenso con toques verdes en los extremos y adornado por el nuevo colgante adquirido en la ceremonia de parte de Osso. Sin embargo, el peinado era similar. Su buena anfitriona le lavó la cara con un paño húmedo cuidadosamente y le acicaló concienzuda.

Cuando salieron al exterior la chica sintió cómo el sol le deslumbraba. No serían más de las ocho de la mañana y ya se sentía con la intensidad que caracteriza un verano en la sureña tierra de Leda, aunque más al norte de Tróade. Todos descansaban bajo la sombra de cañas a la entrada de sus casas, como esperando a que Sassa llegara. Se acomodaron por un momento en el exterior de la tienda de Osso. También se reunió con ellos Argo, que vestía igual que el día anterior. Les ofrecieron para comer un nutritivo desayuno: pasta de harina de semillas de mitraca  pero en esta ocasión acompañada de una especie de frutos secos de color vino y un jugo blanquecino, procedente de otro fruto de cáscara dura que llamaban totó. Estaba realmente delicioso, su textura resultaba refrescante y tenía un sabor un poco amargo al principio pero después dejaba un agradable regusto en el paladar. Sin más dilación todos se encaminaron hacia el sol. Cirene presentía que iba a ser una jornada intensa o, al menos así lo vaticinaba el grado de energía solar. Tras caminar durante lo que debió ser una hora aproximada, todos comenzaron a escalar la ladera de una montaña rocosa. No se le veía fin al gran complejo natural, lo cual mermaba el ánimo de la joven. Presentía que todo esto lo estaban haciendo en cierto modo debido a su presencia, así que debería de corresponderles de alguna manera tarde o temprano y no podía saber si sería capaz llegado el momento.
Para su alivio, la subida sólo duró una media hora, punto en el cuál creía desfallecer y deslizarse montaña abajo como si fuera un totó. Surgió ante ellos una llanura en la que destacaban unas cuantas rocas mayores de color negro, distribuidas de una manera algo uniforme. ¿Las habían colocado o eran obra de la caprichosa Madre Naturaleza? Lo cierto es que el paisaje desde la planicie resultaba espectacular. Se podían distinguir manchas rojizas, pobladas de árboles frigios, otras menores en tonos verdes y los caminos de tierra y piedras que se encontraban apartados de los hábitats anteriores. Bandadas de didos se levantaban de entre la poblada vegetación, en un juego aéreo por el que ascendían y descendían de una manera incesante. No obstante, si volvían la vista hacia el interior de la meseta, se asemejaba más a un paisaje lunar. Se sorteaban algunos arbolitos de escaso follaje en una permanente supervivencia a aquellas condiciones de extrema temperatura.

Cirene había reparado en que Niké estaba realizando el viaje junto a su familia, una joven muchacha que cargaba un bebé y otro niño de unos tres años que pasó la mayor parte del camino en brazos de su padre. Además, acertó a adivinar que Tonda, el hombre que había conocido el día anterior en la tienda de Osso, era el padre de Niké y abuelo de los niños, ya que junto a su mujer se había mantenido cerca del clan a lo largo de toda la caminata, incluyéndose el propio Osso.
Tonda le sacó de su ensimismamiento, y le presentó el lugar con el nombre de Getsemaní. De repente los cabezas de familia se colocaron cada uno frente a una roca diferente, formando una cola. Todos conocían su lugar, el cuál debía de estar asignado por familias, ya que junto a Osso se dispusieron los demás. De repente, Cirene vio como Tonda desplazaba con esfuerzo una placa camuflada en un extremo de la gran roca quedando a la intemperie una brecha abierta. No tenía sentido para ella, en un primer momento pensó que se trataba de una especie de escondite en el que guardaban algo sagrado, pero cuando Niké dejó a su hijo y se introdujo en el interior, se dio cuenta de que el fin de aquella roca hueca debía ser mucho más profundo. El resto de clanes lo imitaron y, tras entrar, se cerró la placa sin más.
Pasaron horas, Sassa comenzaba a sentirse preocupada por los ocupantes de los diminutos habitáculos rocosos. El calor era asfixiante en el exterior, así que no podía imaginar la temperatura que habría en el interior de aquella roca oscura.
Le asombraba la compostura de Argo, quizás él se estaba preguntando lo mismo, pero sin embargo, su actitud digna y relajada, como si todo estuviera bajo control, no podía dejarle indiferente. La barba plateada le había crecido durante estos días, y ahora en su expresión portaba un aire más sabio si cabe.

De repente se escuchó un golpe sordo procedente de una las rocas ocupadas por otra familia. Todos observaban en silencio mientras alguien deslizó con urgencia la placa metálica. El sonido era la señal por parte del ocupante para volver por fin al exterior.  Cirene no podía dar crédito cuando observó cómo el hombre salía despedido hacia la tierra y cavaba desesperadamente un hoyo para introducir su cabeza y así poder respirar.
¿Qué significado podía tener aquella dura práctica?
Debió mirar a hacia su mentor con los ojos fuera de órbita, porque éste se apresuró a consolarla:

‒Es una práctica espiritual. Llevan al extremo sus capacidades físicas para conectar con algo superior. En cada tribu se hace de manera diferente. Como ya conocerás, a veces deben mantenerse alerta durante mucho tiempo de alguna amenaza, podría ser un animal salvaje o el riesgo de morir ahogado en el río, pero por suerte, aquí sólo juegan con la temperatura y el oxígeno.
‒¿Por suerte? ‒Su discípula enseguida bajó la voz por orden del doctor, ya que su nerviosismo estaba aflorando por momentos.

Se escuchó con claridad el metal de nuevo. Niké tropezó al intentar ponerse de pie y una vez en el suelo, casi inconsciente, Tonda lo dirigió a otro hoyo que él mismo había preparado para su hijo.
Osso se volvió hacia Sassa y Yolao. ¿Quién sería el siguiente? Parecía estar preguntando con la mirada. Se acercó a su diosa en la tierra y tras una sentida reverencia, le indicó el camino. Miles de ideas se agolpaban en la mente de la chica. Trató de pensar cualquier estrategia que pudiera salvarle de aquél martirio. Pero no había tiempo, no sabía cómo. Quizás si empleaba su «poder» le serviría para salir antes al menos. Si era descubierta como una mortal normal y corriente, ¿qué pasaría? Esa era una pregunta que había olvidado hacer a Argo.
Antes de que pudiera darse cuenta ya estaba en el interior y la poca claridad proveniente de la fina abertura se difuminaba hacia el exterior al ser ocultada por Osso. La bofetada fue inminente. La diferencia de temperatura era más que notable. Afortunadamente, su sistema termorregulatorio funcionaba a la perfección y comenzó a derramar sudor por todo su cuerpo, aunque así se deshidrataría en unos minutos. Se preguntaba cómo Niké logró permanecer tanto tiempo en esas condiciones. Cerró los ojos e intentó calmarse y administrar el poco oxígeno que quedaba en el ambiente enrarecido de aquel agujero inhóspito. Llegó un momento en el que el sufrimiento empezó a disiparse. Al principio creyó que se estaba acostumbrando, pero después se percató de que la sensación era la misma que cuando te estás quedando dormido y todo se ve distinto, más fácil. La posibilidad de estar muriendo asfixiada asaltó su mente pero a pesar de su miedo, no logró espabilarse de un repullo. Si la adrenalina no surtía efecto ya nada podía hacer, ni siquiera para golpear la puerta con sus nudillos.
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Sin saber cómo, aparece de improviso un paisaje diferente en torno a ella. Ya no está oscuro, ahora si escudriña entre la neblina puede distinguir inmensas copas de árboles azules y un extenso acantilado a sus pies. Se encuentra a medio camino de la pared escarpada, como colgando de alguna estructura de piedra. Intenta retroceder, ahora que el espacio le permite moverse, pero solo puede girar su cabeza, está clavada al suelo. A sus espaldas hay una acogedora vivienda que se adentra en la roca. Es rústica pero repleta de objetos que la equipan apropiadamente, especialmente esos farolillos que dan luz…
Una voz le sobresalta. Mira a todas partes pero no logra identificar de dónde proviene. Hay murmullos lejanos, mucha agitación y después silencio. Algo le produce un leve picor cerca de su ojo derecho que cierra rápidamente. Eleva sus manos para frotarse los ojos y averiguar si está realmente sucediendo y entonces se queda mirándolas. Las palmas de sus manos despiden chispas azuladas, a veces de color rojo intenso. Pican, pican tanto que casi se despega de la roca y cae por el precipicio, pero en lugar de eso, las chispas alcanzan las hojas de los árboles y éstas se encienden como si fueran bombillas en medio del paraje tan singular. Entonces se sorprende a ella misma pronunciando el nombre: Getsebel.
Cirene está entusiasmada, es como si este momento fuera el punto de inflexión entre su pasado y su futuro, el auténtico presente.



viernes, 27 de marzo de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: Batidores de la Trepidación



-Capítulo 5-

Batidores de la trepidación


Argo se dirigió a Niké y, entregándole la ajada madera en la que estaba dedicado con pulcritud un momento antes, pareció ratificar la presencia de la chica pronunciando su nuevo nombre, Sassa. Ante esto Niké se despidió con una mueca de algo que parecía ser veneración y, de esta forma, consintió que se quedaran solos por un momento desplegando un original biombo para salvaguardar el umbral. Éste estaba hecho de una tela opaca atada en sus extremos a unas ramas que lo sostenían en pie.

¿Cómo sabías el nombre que me han asignado? preguntó Cirene.
El metis sin tí no hubiera surtido efecto. ‒La nueva Sassa miraba excéptica a su tutor y éste continuó relatando los acontecimientos‒. En verdad mi amuleto eras tú, Cirene. Es cierto que los maqueos consideran esta planta sagrada, pero su máxima expresión es cuando se encuentra cercana a una mujer y, en especial, a una mujer ajena a la tribu. Como su apelativo indica, «batidores de la trepidación», haciendo alarde de su función cazadora, son muy silenciosos y esta mañana, tal y como preveía, me lanzaron un venablo.
¿Un venablo? Cirene tenía muchas preguntas pero tan solo acertó a repetir las últimas palabras que había pronunciado.
Sí, es una pequeña arma arrojadiza que suelen empapar en una sustancia untuosa proveniente de la parte trasera afilada del cuerpo de los insectos delfos, ¿los recuerdas? ‒Ella asintió. Cómo olvidar a aquella comitiva que tan pronto paseaba frente a ti como se difuminaba con las demás criaturas‒. Pues bien, esta sustancia no te duerme pero genera subordinación a su dueño, y así fue como me trajeron hasta aquí.
¿Por qué no lo hicieron conmigo? preguntó la discípula.
Una mujer desconocida que duerme junto al metis no puede ser ofendida de ninguna manera, sólo si ésta consiente ser guiada, podrá visitar la tribu. Para ellos ahora eres una enviada de su divinidad femenina, una especie de diosa en la tierra que ha venido a advertirles de algún peligro que acecha.
¿Y qué peligro acecha? intentó adivinar en su nueva condición de bienaventurada.
No lo sé, pero lo averiguaremos. Todo lo que conozco proviene de escritos y experiencias anteriores con etnias diferentes. Esta información nos ha permitido llegar hasta aquí, pero ahora debemos ser cautos, porque todo será desconocido. Intuyo que lo siguiente que ocurrirá será una ceremonia de iniciación. Debemos estar agradecidos. Si hoy no llegas a aparecer, yo sería el zaherir que ultrajó a Sassa y estaría muerto‒. Antes de que pudiera salir ninguna palabra de su boca, Niké volvió a aparecer tras la mampara de tela, dando por terminado el encuentro.

Salieron del pequeño edificio y fuera les esperaban varias personas con lo que parecían ser ofrendas. Ítana, la muchacha de los ojos rasgados que ya había visto antes en la primera tienda, portaba un precioso pañuelo en color rojo oscuro e hilos dorados delicadamente doblado que captó la atención de Cirene. Se adelantó mirando al suelo y entró de nuevo en la estancia esperando que la muchacha le acompañara. En esta ocasión no tomaron el pasillo, sino que siguieron de frente hacia un improvisado vestidor provisto de varios de los oscuros bastidores con los que ya estaba familiarizada. Protegida tras el paño teñido, la joven desnudó a Sassa y comenzó a ceñirle el tejido diligentemente, en una perfecta combinación de cruces que lo convirtieron en su segunda piel. No se apreciaba nudo o remiendo alguno en su nuevo vestido, sólo una superposición que terminaba en su hombro derecho, dejando un bonito escote inclinado, con el hombro izquierdo al descubierto, y una falda a la altura de sus rodillas que acababa en pico a ambos lados de sus caderas. A continuación le indicó que se sentara en el suelo y le preparó también su cabello en un moño sujetado con ramas talladas. No podía verlo, pero por lo que notó al palparlo cuando había terminado, las varillas que sobresalían le daban un aspecto de estrella, quizás la misma estrella punteada que lucía Niké en su rostro.

Cuando abandonaron el tocador ya no había nadie en la entrada. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Y Argo? De repente la asaltó el temor al verse sola. Sin duda, debería improvisar a partir de ese momento. Tras los pasos de Ítana pronto empezó a escuchar tambores, en un monótono toque continuado y profundo, como avisando de que algo importante estaba a punto de ocurrir. Un círculo cerrado compuesto por muchas personas mayores y niños, permanecía fiel y paciente en espera. Cuando se encontraban a escasos cinco metros, los tambores cesaron, el círculo se abrió y pudo atisbar la figura del profesor en el centro, sedente sobre una rudimentaria alfombra. Todos la miraban, en quietud, a la espera de un saludo o una palabra quizás. Junto a su mentor, había sitio de sobra, así que no lo dudó un momento y se dispuso a arrodillarse junto a él, ya que su atuendo no posibilitaba otra postura. El corro volvió a cerrarse y ahora ya no sólo sonaban tambores, también algo metálico que variaba su tono entre graves y agudos. ¿Dónde había escuchado eso antes? Se acordó del relato de su abuela Níobe. Miró nerviosa a Argo y éste le guiñó un ojo. Con la emoción no había reparado en una lumbre en la que Osso, el señor mayor del pelo blanco, estaba preparando algo. Se levantó con dos cañas asadas humeantes y entregó una a cada uno de sus invitados.

¿Tinda? preguntó la joven a Argo por lo bajo.
Tinda rellena de delfos. Ante la cara de horror de Cirene el hombre la tranquilizó‒: Creo que quieren probar que realmente eres Sassa. Al comerlos no debes sentirte afectada. Yo no podré ayudarte, cuando los haya ingerido sólo seré una marioneta.
Pero, ¿cómo? inquirió ella viendo cómo el doctor daba su primer bocado.

La supuesta Sassa no estaba muy conforme con comer insectos asados, que además poseen un potente veneno anulador de la voluntad. Su corazón se aceleró a la vez que su mente, al compás de todos los instrumentos que ahora eran golpeados insistentemente, instándola a continuar. ¿Qué podía hacer? Un delfo asomaba por la abertura de la caña. Ya no escuchaba nada, sólo la sangre corriendo a toda velocidad por su cabeza. Entonces, extrajo resuelta con sus dedos el insecto para que todos lo vieran, inclinó su cabeza hacia atrás, abrió la boca, y se lo introdujo mientras cerraba sus labios y notaba el contacto crujiente. Masticó lentamente, con sus ojos cerrados, alargando el momento, antes de tragarlo finalmente y devolver la luz a sus pupilas frente a la multitud que esperaba anhelante la ratificación. La incesante percusión cesó, las miradas se congelaron sobre ella y, de repente, todos comenzaron a reír eufóricos y saltaban de alegría vitoreando a Sassa al son de los tambores. Mientras tanto, Argo estaba aletargado esperando órdenes. Osso se acercó a ella y le colocó un collar del que pendía una gran semilla redonda con gruesas espinas. Después de acercó a Argo, le dio un golpecito en la frente y pronunció el que sería su nuevo nombre, Yolao. Inmediatamente éste reaccionó como si hubiera despertado de un largo sueño y, seguidamente, inclinó su cabeza hacia Osso.
Comieron junto a todas esas personas, en una actitud de fiesta muy agradable. Continuamente les ofrecían sus manjares, compuestos de todo aquello que les proporcionaba el bosque.  Entre los aperitivos podría encontrase una deliciosa pasta de harina de semillas de mitraca que endulzaban con una mezcla de hojas verdes y amarillas machucadas.
Cuando el recién bautizado Yolao comenzó a recobrar su estado original tras la ingesta del veneno delfiano, en una de las ocasiones que el estuvo cerca de la gran Sassa, le preguntó:
¿Cómo lo has hecho?

Sassa no dijo nada, sólo le mostró disimulada uno de los pliegues de su vestido, en el que había escondido la parte trasera del delfo que cortó con sus dedos a modo de pinza para no ingerirla.

Al terminar la intensa jornada, le mostraron a ambos la tienda donde dormirían. Para Sassa una gran estancia escrupulosamente preparada y para Yolao una habitación menor, anexa a la suya y algo más modesta en detalles.
En el centro habían acondicionado un gran futón de materiales vegetales, cubierto por hermosas telas, siempre con colores vivos y toques dorados. Las paredes también estaban adornadas con paños tejidos a mano, de miles de formas insospechadas, predominando siempre la repetida estrella picuda, que, si la imaginaba en tres dimensiones, también podría asemejarse al colgante que le había otorgado Osso tras la ceremonia. En las esquinas relucían unos cuencos con algo similar al carbón candente que desprendían un olor un poco espeso, proporcionando un ambiente íntimo, relajado y podría decirse que somnífero.

De nuevo, Sassa fue vestida con esmero para la noche por Ítana. Utilizó una elegante tela blanca y dorada, digna de una diosa griega. Una vez se despidió cerrando la cortina, Cirene reparó en toda la confianza que Argo estaba depositando en ella, hasta el punto de poner su propia vida en sus manos sin previo aviso. Luego acudió a su mente el nombre que su amigo había utilizado para la tribu en su conversación: batidores de la trepidación. Mencionó que eran cazadores sí, ¿pero de qué? Entre estos pensamientos, fue cayendo en un dominante sopor, tal vez provocado por las esencias de aquellas piedras perfumadas que ardían en cada esquina. Demasiadas emociones en un día, tenía que asimilar muchas cosas de golpe.
Camino de su sueño, se encontró a su compañero Yolao y le interpeló:

‒¿Cómo sabías que no me iría del bosque cuando desaparecieras?
‒Simplemente lo sabía ‒aseguró Argo.


Y siguió caminando hasta el Bonkuk Nazar donde Níobe la esperaba con una gran sonrisa.


miércoles, 25 de marzo de 2020

REPARADORES DE SUEÑOS: La protección de metis



-Capítulo 4-

Las protección de metis


Cuando abrió los ojos su acompañante no estaba. Pensó que habría ido al «baño» o se encontraría cerca recolectando algo para el desayuno. Había mucho silencio y sus sentidos se activaron cuando vio el círculo de metis abierto en el lado opuesto. Lo más seguro es que el propio hombre lo hubiera roto al salir del mismo, pero todo resultaba muy extraño, no se trataba de la clase de persona que descuidaría algo así, estando ella durmiendo indefensa. De repente recordó que había notado un sonido cuando la somnolencia se estaba apoderando de ella y corrió a cerrar el círculo con urgencia. Enseguida pensó que quizás era mejor no exponerse, ya que el metis en principio era para evitar los mosquitos mayormente, a pesar de su consideración divina. Recogió la manta dentro de su pañuelo, se lo colocó sobre la espalda y se quedó mirando las escasas pertenencias del doctor, compuestas por sus sandalias y el pañuelo con el que se había arropado durante la noche. Decidió dejarlas dentro del círculo, a la espera de su vuelta y cuando levantó la vista estaba ahí, mirándole directamente a los ojos.
A solo dos metros de distancia, un muchacho la observaba. Su tez era morena, lisa y tenía una expresión de incredulidad en su rostro, que llevaba maquillado en tonos rojizos y una extraña estrella negra punteada en la mejilla izquierda. Su pelo estaba recogido en lo alto de la cabeza, en una especie de moño desaliñado y adornado con multitud de plumas en tonos rojizos y marrones. Iba descalzo y una tela amarillenta cubría su cuerpo, cruzándose en el pecho, de donde colgaban cuerdas con adornos de muchos colores. Cuando la mirada de la chica fue a parar a la estaca de madera afilada que portaba en su mano izquierda, Cirene hizo el amago de salir corriendo pero por instinto permaneció dentro del círculo, observándole. Parecían dos estatuas, estáticas en mitad de la pequeña llanura. Al cabo de unos segundos larguísimos él pareció caer en la cuenta de algo y, de repente, inclinó su cabeza e hincó una rodilla en el suelo dejando el arma a un lado. Acto seguido juntó las manos cerca de su frente y casi las apoyó en la tierra en una profunda genuflexión. Justo en ese momento aparecieron dos personas más similares y llevaron a cabo el mismo procedimiento uno a cada lado del primer muchacho. Ella no pudo más que hacer una reverencia mal entrenada y, señalando los escasos enseres de su maestro desaparecido, intentó averiguar si ellos sabían algo de su paradero. Al principio parecían no entender pero después hablaron entre ellos y debieron llegar a una conclusión acertada porque la invitaron a que les siguiera. Ante esta proposición, la muchacha dudó un poco, pero la actitud acogedora le hizo decidirse, así que agarró el pañuelo de su amigo y se alejó del metis.
No entendía qué estaba pasando, quizás el círculo de la planta santa les había hecho creer algo y ahora la adoraban como si pudiera resolver todos sus males, sin embargo, sentía que no tenía nada que aportar y que sólo ellos eran portadores de todo el saber tradicional y de esos secretos que permanecían olvidados y en peligro de extinción y que ahora se presentaban infinitos en su imaginación de herencia corónide.

Anduvieron durante más de media hora custodiando sus pasos, adentrándose en una zona de selva salvaje. La sensación de asfixia del estrecho sendero y sus ocupantes iba en aumento paralelamente a las gotas de sudor que resbalaban silenciosas por su espina dorsal. Se sentía presa de su plena atención al sonido sordo y contenido de la vida que le espiaba a cada paso, cuando el primero de la fila se detuvo en seco y Cirene tuvo que hacer un esfuerzo por no tropezar con quien le guiaba. No podía ver nada, salvo el mismo paisaje en todas direcciones. Unos segundos después durante los cuáles pareció paralizarse el tiempo, el muchacho de la estrella negra se dio la vuelta para mirarla y, tras hacer un gesto de asentimiento, dejó paso. Entonces, exhaló un suspiro de alivio ante el sofoco que le oprimía, para dar la bienvenida a un espacio de tierra soleado que albergaba un conjunto de unas veinte casas rústicas elaboradas con materiales arbóreos y cañas de tinda seca. Allí estaba, era como colarse en un documental de National Geographic y, retrasando el calendario hasta dónde las nuevas tecnologías eran inútiles, era posible sentir la tierra hundirse bajo sus pisadas. Se escuchaban voces lejanas y había varios niños jugando en una enorme charca. Comenzaron a avanzar con su invitada a la cola y los niños, curiosos, se asomaban esperándoles hasta que llegaron a su altura y se unieron al grupo entre exagerados aspavientos y gesticulaciones.
Se dirigieron a la mayor de las casas, de forma rectangular y con una especie de cortina roja oscura en la entrada. Primero entró el muchacho del moño y, tras unos minutos, abrió la tela para dar paso a la nueva visitante. Sus dos secuaces permanecieron fuera, uno a cada lado de la entrada, guardándola y cuidando que nadie más pasara. Así, se adentraron en la tienda dejando a la muchedumbre expectante. Cirene tardó unos segundos en que su vista se acostumbrara a la penumbra. A medida que recobraba la vista, barruntó otras tres personas sentadas en el suelo de caña con las piernas cruzadas: un hombre anciano con el pelo blanco y suelto, otro hombre de mediana edad que apretaba sus labios y una hermosa joven de cabello oscuro y ojos rasgados que dirigía su mirada hacia el suelo a intervalos. Tomaron asiento frente a ellos y todos hicieron un respetuoso saludo corto con la cabeza. Comenzó a hablar el chico maquillado que le había descubierto y servido de guía hasta el poblado. Se llevó la mano sobre el pecho mirando solemnemente a Cirene e, inclinándose pronunciadamente hacia adelante, dijo:

Niké. –A continuación alargó su brazo hacia la muchacha con la mano boca arriba como si estuviera presentándola al resto y añadió‒: Sassa. Tras pronunciar dicho nombre todos los presentes se inclinaron hasta tocar el suelo diciendo‒: «Gwera».
 Osso se presentó el señor mayor e hizo los honores con el otro hombre y la chica joven siguiendo la misma pauta y articulando sus nombres–: Tonda. Ítana.

Cirene no entendía nada pero deseaba encontrar a Argo así que ante tal recibimiento, ella sólo acertó a elevar el pañuelo del hombre, que todavía portaba en su mano derecha y enseguida Niké juntó sus manos antes de levantarse y le indicó que le siguiera de nuevo. Ella hizo lo propio y salió del habitáculo tras él.
En la entrada los niños jugaban con una vara de madera tallada con una ligera curvatura hacia su mitad donde portaba una especie de cuerda corta. Agitaban en círculos la misma valiéndose de la cuerda y la lanzaban de manera que se producía un efecto boomerang algo impreciso a partir del cual todos peleaban por recuperar el objeto. De repente, quedaron mudos y paralizados cuando el extraño utensilio golpeó la cabeza de Niké por accidente. Cirene tuvo que cubrirse la boca para contener la carcajada que sintió trepar por su garganta. Los chicos se mantuvieron estupefactos y uno de los guardianes de la puerta se acercó al niño más cercano para propinarle una bofetada. Niké lo detuvo a tiempo y recogió el instrumento para entregárselo al niño. Después continuó la marcha como si nada hubiera acontecido. La situación resultaba bastante cómica pero el respeto que profesaban hacia el guía de la estrella negra punteada y, probablemente, debido a su propia presencia, dio lugar al sobrecogimiento. La recién llegada y bautizada Sassa, estaba fascinada con la manera de proceder de los integrantes de esta tribu. Su actitud ceremoniosa de aparente humanidad le transmitía algo de seguridad, tal y como demostraba el gesto de Niké. Sin embargo, era conocedora de infinidad de prácticas oscuras que otras tribus realizaban con normalidad, lo cual no resultaba alentador en su actual posición de vulnerabilidad.
Caminaron hacia la parte trasera del poblado dónde, camuflada en el extremo de la llanura, se fundía la madera rojiza de una construcción alargada con un grupo de árboles frigios. En la entrada de la casa había un par de escalones y su estructura se encontraba elevada unos centímetros, probablemente para evitar que la humedad del bosque penetrara. También llamaban la atención dos cuencos con algo que despedía un humo de color grisáceo. Una persona ataviada con el ya común manto amarillo esperaba en la puerta y le invitó a secundar a su guía hacia un pasillo con acceso a diferentes estancias. La luz era débil en el interior, pero Cirene fue capaz de escudriñar una serie de personas arrodilladas en torno a una mesa baja en uno de los primeros espacios delimitados que se divisaban en su trayectoria. Niké se encaminó hacia el fondo y torció a la izquierda. En este caso entrevió una pequeña mesilla y un hombre inclinado a través de la desgastada tela que pendía en la entrada. Los trazos de una pluma rasgaban una fina tablilla de madera pulida, dónde el individuo ejecutaba su praxis con destreza, aunque sosegadamente. Vestía las mismas ropas que el joven maqueo que le acompañaba, aunque, en este caso, se extendían por debajo de la rodilla. Una gota de líquido verde oscuro procedente de la pluma se estrelló con la ilustración. Cirene sospechaba que su presencia había sido la responsable. Entonces el hombre levantó la vista y sonrió. Su discípula se arrodilló junto a él increpando cuál era su estado:


Ya estamos dentro – se limitó a decir Argo con un brillo especial en sus ojos.


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